jueves, 1 de noviembre de 2012

reflexion


el lobo bueno y el lobo malo



Hay una leyenda india (de los indios norteamericanos, los de las plumas en la cabeza, las flechas y las pelis del oeste) que dice que todos tenemos en nuestro interior un lobo bueno y uno malo. Ante las circunstancias de la vida, los lobos pelean entre ellos y el que gana, decide lo que haremos, si el bien o el mal. Según la persona va creciendo, alimenta a sus lobos interiores. Y elige alimentar a uno o a otro. De ese modo, al que más alimenta se va haciendo más fuerte y por lo tanto, gana más batallas. En nuestra mano está alimentar al lobo bueno o al malo.
Me encanta esta fábula porque no creo en las historias de buenos y malos radicales, pienso que todos somos un poco de las dos cosas y depende de nosotros qué parte sale a la luz, hacia qué lado se inclina la balanza. Se supone que todos deberíamos tener la inercia de tratar de ser mejores, de alimentar al lobo bueno. Pero asombrosamente hay gente que alimentó tanto al malo que el bueno se murió de hambre. Y ahora apenas hay batallas en su interior dado que el lobo malo es el único, es el que decide, el que manda, el que domina. El lado oscuro, del que es imposible volver.
De primera mano conozco un caso así. Uno de alguien cuya maldad traspasa límites. Alguien que ha ido aplastando sus cosas buenas (que las tenía) hasta reducirlas a cero. Dejando que la mala hierba y los espinos crezcan y ahoguen las flores. Ahora sólo queda en su interior una nube oscura que hace honor al mote que tenían las mujeres de su familia en su pueblo natal: las nubladas. Su aura es negra, siniestra y peligrosa.   
Y esa persona es mi abuela paterna. Antes me dolía decir, o pensar siquiera, estas cosas de ella. Pero ya estoy cansada de sus ataques, de sus palabras, de las heridas que me causa sin el más mínimo miramiento. A plena conciencia, sonriendo mientras me lastima, alimentándose del dolor que causa. Ya ha colmado mis límites. Y mira que se tarda en llegar a este punto. Pero son 28 años los que tengo y los que llevo soportándola. Aguantando sus malos modos, sus humillaciones, sus críticas y sus embestidas. Contra mí y contra todo lo que quiero. Contra mi madre, mi otra abuela y mi familia materna en general. Contra mis amigos, mi gente, mis chicos. Incluso contra mi pobre padre, su propio hijo. Y es que no se cansa esta mujer de hacer daño. Es de lo que vive, como un parásito. Y la última gota que ha colmado mi vaso de paciencia no tiene nombre. Pero el caso es que ya he dicho basta. Esa mujer ya no forma parte de mi vida. Y se acabó. Hombre ya.
Y como aún es principio de año y hay que ser positivo y  el mal sólo se combate con el bien… voy a dar las gracias a mi abuela paterna. Por haber heredado de ella un pelo precioso, el don de escribir y de narrar, la independencia, el valor, la capacidad de hacer las cosas sola. Por todo lo bueno que ella tenía y que los genes me trasmitieron. Y doy las gracias porque tengo sus cosas buenas y algunas de las malas, pero yo no alimento a mi lobo malo. No le dejo crecer y hacerse fuerte como ella. Yo doy de comer a mi lobo bueno a diario, para que se haga fuerte. Para que el lobo malo gane muy poquitas batallas y con el tiempo no gane ninguna.

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